La intromisión en la vida privada de políticos, empresarios, artistas, deportistas, es algo ya antiguo en la labor de algunos medios de prensa y empresas periodísticas.

Reporteros/ras, fotógrafos/fas y camarógrafos/fas están dedicados a ese tipo de reporteo hace rato.

Esto tiene que ver cuando se da el paso de desechar el concepto de periodismo como bien social, a periodismo como bien comercial o de mercado.

Convertir en noticia la revelación de textos o imágenes íntimas -más aun sexuales- de personas de connotación pública/política es un buen negocio. Reditúa financieramente. Los diarios impresos venden más y los medios en la Web suben las lectorías.

Cierto, esa práctica resulta porque hay clientes/lectores ansiosos de conocer ese tipo de revelaciones. Hasta sirve para que enemigos de los espiados saquen provecho.

Es así que el reporteo de asuntos íntimos, de la vida privada de las personas, de la intromisión en espacios privados, incluye espiar los celulares, interferir conversaciones telefónicas, fotografiar adentro de las casas (sin autorización), meterse en correos electrónicos, buscar imágenes de la intimidad de las personas.

Son modalidades usadas por la llamada “prensa rosa”, “prensa sensacionalista”, “prensa farandulera”, “prensa amarillista”, “prensa roja”, “prensa gossip” (chismosa). Por esta vía se hizo conocido el término de los “paparazzi”, fotógrafos que recurren a todo para tener imágenes de la intimidad de personalidades de distintos ámbitos.

En todo el mundo hay ese tipo de prensa y para algunos el The Sun británico es el mejor ejemplo.

Es parte del periodismo comercial, el que busca ante todo dividendos financieros, que hace negocio, y que apela a sensibilidades o motivaciones básicas/primarias de lectores.

El caso del diputado chileno Guillermo Ceroni se inscribe en ello, aunque quien sabe si la Agencia Uno (empresa a la que pertenece el fotógrafo que tomó las imágenes) y El Dínamo (medio de la Web que las publicó), querían imitar o convertirse en el The Sun chileno o ganar algún galardón de “paparazzi”.

El legislador estaba leyendo/enviando mensajes eróticos o sexuales desde su celular, durante una sesión en la Cámara de Diputados. Le fotografiaron los textos y los publicaron.

Se adujo que era porque estaba sesionando y no debía estar usando su celular para cosas personales. Se quiso convertir la violación de la intimidad en una denuncia política.

Pero muchos replicaron que es hábito de los tiempos que todos los que tienen celular suelen usarlo en las largas jornadas laborales. Incluso para enviar/recibir mensajes amorosos o sexuales. Es muy probable que lo hagan también reporteros/ras y fotógrafos/fas…pero no habrá algún diputado que les fotografíe las imágenes.

El director de The Clinic, Patricio Fernández, contó en un editorial que quienes tenían las imágenes pusieron a disposición “de sus clientes” las fotos. The Clinic lo rechazó porque lo consideró “incorrrecto”. El Dínamo sí lo hizo. La Agencia Uno, al parecer, hizo el negocio finalmente.

Se dieron argumentos de la ética periodística, del código deontológico, de los principios a seguir en la labor reporteril. Pero eso también hace rato que no cuenta para los medios dedicados a la difusión de la vida privada y de las actividades sexuales de personajes públicos.

Frente al momento crítico de un diario mexicano, el periodista Rogelio Flores contó que “platiqué con dos fotógrafos que quieren suicidarse. Ya no quieren vivir en mundo como éste. Ya no quieren relatar ni ser testigos de nada. La barbarie de todos los días se los ha tragado”.

Ningún fotógrafo va a estar al borde del suicidio o cuestionándose la crudeza de su labor si anda fotografiando los textos de celulares de un par de diputados. Es probable que el hecho de Ceroni no le haya quitado el sueño a ningún reportero, editor o fotógrafo.

Los dramas profesionales surgen cuando se fotografía a un niño migrante ahogado en aguas europeas, a una mujer violada y ultimada en una calle de Sarajevo, a un joven masacrado en un campo colombiano, una fosa con los restos de muchachas asesinadas en Ciudad Juárez o a estudiantes chilenos o indígenas mapuches reprimidos.

Claro que el asunto no tiene que ver solo con individualidades. Detrás del reportero/ra o fotógrafo/fa dedicado al sensacionalismo, el amarillismo o la “nota rosa” hay editores, directores y dueños de medios que son los que, finalmente, dan la pauta. Es el andamiaje de una tipo de prensa, de una modalidad de periodismo, que logra desarrollarse en medio de la “lógica del mercado”.

Así que Ceroni y otras/otros parlamentarios van a tener que seguir cuidando las pantallas de sus celulares, sus correos electrónicos, los jardines de sus casas, y sus conversaciones telefónicas.

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