Antes de partir a su nuevo trabajo en Washington, en el Banco Interamericano de Desarrollo, en 1997, Andrés Allamand invitó a cenar a un grupo de periodistas que durante años cubría el sector político de la derecha.

La cita fue en el Club de la Unión. Allamand venía de una dura y triste derrota, provocada por la Unión Demócrata Independiente (UDI), su eterna adversaria en el sector. El ex alcalde de Santiago, nombrado por Augusto Pinochet, Carlos Bombal, le había ganado  al dirigente de Renovación Nacional (RN) en la elección a senador por Santiago Oriente.

Así que esa noche, en esa cena, Andrés Allamand se despedía de esos periodistas, ya confirmado su traslado a la capital de Estados Unidos.

Ese grupo de profesionales de la prensa había cubierto otro momento lastimoso para quien fuera el presidente de RN. El congreso del partido en Temuco, donde Allamand esbozaba una línea política “liberal” y “progresista” buscando instalar “una derecha moderna y democrática”. En ese esfuerzo lo acompañaban Sebastián Piñera y Alberto Espina, entre otros. Pero les salió al paso el sector duro, conservador y poderoso, en ese entonces, dentro de RN, liderados por Sergio Onofre Jarpa y Alberto Cardemil, ambos ex altos funcionarios de Pinochet. Las cosas no salieron bien para los “liberales”.

En esos tiempos, además, la UDI logró avanzar en sus posiciones y le robó el primer lugar electoral a RN a nivel nacional y hegemonizó a la derecha en el Parlamento.

No en vano un tiempo después de aquel 1997, Allamand escribiría un libro con su historial -y su mirada- político, colocándole el sugerente título de Travesía por el Desierto.

Camino a esa cena, tuve la idea de hacerle un obsequio a Andrés Allamand. Pensé en algo que fuese una mezcla de humor (si se quiere) e ironía política. Así que llegué al Club de la Unión llevando bajo el brazo y envuelto en papel de regalo, el libro Qué Hacer de Vladimir Ilich Lenin. Texto clave para definiciones de estrategia de un partido político.

Después de ingerir una grata comida, se lo entregué. Al abrirlo, sonrío. Los demás rieron. Le dije que quizá le serviría en sus futuras gestiones políticas…aunque quizá le hubiera servido más leerlo antes de Temuco y antes de la elección contra Bombal.

(Por cierto, en esa misma cena le llevé un regalo para su entonces esposa, Bárbara Lyon. Una figura de Fidel Castro. Porque ella, hasta donde se sabe, tiene una inmensa gratitud con Cuba y tuvo cierta amistad con el líder cubano, porque en la isla su hijo Juan Andrés recibió un intenso y profesional tratamiento médico, lo que incluyó un inmenso respaldo humano).

Quien sabe si Allamand leyó el Qué Hacer. Me crucé con él en Ciudad de México, en el Hotel Camino Real, en una visita que hizo el ex Presidente Ricardo Lagos a esa nación. No recuerdo si comentamos lo del libro.

El tema es que si lo leyó, pasados los años, no le serviría para defender las ideas progresistas y de “una derecha democrática”. Le podría haber servido para hacer todo lo contrario.

Porque luego los pasos de Andrés Allamand se fueron por consolidar tesis conservadoras y erigirse ante quienes querían -entendiéndolo dentro del contexto de la derecha- enarbolar idearios de cambios doctrinarios.

Allamand ya no es recordado por liderar una derecha liberal.

Más bien por su férrea oposición al progresismo, el centro y la izquierda, sintetizada en su tesis del “desalojo” desarrollada contra la Concertación y su anticomunismo explícito. Su participación en operaciones encubiertas de distinto tono, como la que hizo con su aliado de siempre, el ultraderechista ex Presidente de Colombia, Álvaro Uribe, en contra de ciudadanos chilenos, aquella para lograr ser designado “a dedo” como candidato a senador en una circunscripción del sur de Chile, la mala jugada que le hizo al entonces senador de la UDI, Pablo Longueira, al querer atribuirse para sí sólo un proyecto legislativo laboral que habían elaborado juntos, y haber sacado a una de sus más leales colaboradoras de una candidatura senatorial (otra más), para colocarse él.

Fue Ministro de Defensa de Piñera, gestando una alianza conservadora con los altos mandos castrenses. Dejó el cargo para lanzarse a la batalla por la candidatura presidencial, donde más que acentuar propuestas, se dedicó a lanzar dardos contra Michelle Bachelet y la participación del Partido Comunista en el conglomerado Nueva Mayoría. Pero de nueva cuenta se le cruzó en el camino la UDI y los ultraconservadores: las primarias presidenciales las ganó Longueira, a quien Allamand había engañado y encarado muchas veces en la mutua historia política (dicen que él lo bautizó como “Pungueira” -de “punga”, delincuente- cuando se dividió el partido original que los cobijó y se instalaron la UDI y RN).

Sin embargo, ya el abogado estaba en una guerra por sí mismo en que nadie lo pararía. Sin avisarle, es decir, tener una conversación previa, sacó abruptamente de la candidatura senatorial a su estrecha colaboradora Catalina Parot y se puso él en su lugar (ella se enteró por la prensa).

Hay que decir, en un paréntesis que da cuenta del estilo del senador electo, que él le había pedido a Parot que dejara el cargo de Ministra de Bienes Nacionales para que lo apoyara. Ella contó en el diario La Segunda que le indicó a su dirigente y al presidente de RN, Carlos Larraín, que prefería seguir en el gabinete porque estaba contenta con la labor que desarrollaba. Pero le dijeron que no. Y después, pasó lo que pasó.

Las cosas no pararían. Para afianzar su posición conservadora y queriendo ser líder de una derecha tradicional, arremetió contra quienes levantaron la opción más abierta. Lo primero que hizo fue responsabilizar a Sebastián Piñera de la derrota electoral de la derecha en la presidencial y la parlamentaria. Después, se fue en contra de quienes en RN y en otros segmentos de la derecha plantearon adherir a postulados más flexibles, romper la atadura con Pinochet, sumarse a ciertas reformas y dar cuenta de que “el país cambió”.

La guinda de la torta es el rumor de que Andrés Allamand además de ser senador, ahora querría instalarse como presidente de su partido. Desde ahí enfrentaría a su tradicional adversaria, la UDI, y a los nuevos díscolos, agrupados en Evopoli y Amplitud, por cierto, creados a partir de ex RN renunciados por, entre otras cosas, no compartir las posiciones y los métodos de Allamand.

Además, se sabe que está elaborando toda una fórmula para convertirse en duro fiscalizador y opositor del gobierno de Michelle Bachelet pero, sobre todo, denostar y atacar sin piedad a la Nueva Mayoría, instalando la idea de que está hegemonizada por el Partido Comunista y “la izquierda”, buscando con eso atraer a su redil a la Democracia Cristiana y supuestamente debilitar a la futura administración.

Su último round, y seguramente no el último, fue con uno de los dirigentes que él mismo creó: Nicolás Monckeberg, agarrados en un patio del lugar de reunión de su partido, discutiendo acaloradamente por las críticas del senador electo a Piñera y su gobierno.

De esta forma, Andrés Allamand ha logrado algo indesmentible: estar en primera línea de la política nacional. Llevando sobre su espalda una travesía que no termina, con sus quehaceres propios que de nueva cuenta estarán sobre el escenario.-

 

 

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