Hay momentos de periodistas que hacen pensar en los periodistas. Uno de ellos ocurrió el miércoles 14 de noviembre, a eso de las ocho de la noche -aunque en Santiago todavía permanecía la luz del sol- en una casona del barrio Bellavista, donde se presentó el libro “¡Puta qué pena, compañero!…” del periodista/reportero, Eduardo Rossel Flores.

Llamó la atención que seguido del título se agregara “y otros cuentoportajes”. La creación de una palabra para unir cuento y reportaje, literatura y periodismo.

Algo presente en la prensa a través de grandes y modestas plumas -guardando las debidas proporciones- y que hemos conocido en Gabriel García Márquez, Alberto “Gato” Gamboa (El Clarín), Ryszard Kapuscinski, Blanche Petrich (La Jornada), Robert Fisk (The Independent), Rodolfo Walsh, Genaro Carnero Checa, Oriana Fallaci, Luis Suárez, Horacio Verbitsky (Página12), Mónica González (Ciper).

Los “cuentoportajes” de Rossel demuestran que se puede ir a una conferencia de prensa o a una marcha y convertir el suceso en un relato, en un cuento, y no en una nota rígida llena de lugares comunes periodísticos como los definió Rafa Fuentealba, colega de Rossel en La Nación.

Lo de Rossel es lo que más en otros países que en Chile, se define como crónica, un género periodístico poco utilizado y que apunta a relatar, en una amalgama exquisita de información, ambiente, dato objetivo y apreciaciones subjetivas.

Algo que este periodista/reportero consiguió en notas como “¡Puta que pena, compañero!” y “Gladys Marín, la Roja de todos”.

Y es que el periodismo, por cierto y por suerte, no vive sólo de la noticia, aunque ella pueda ser una materia prima esencial.

El novelista y ensayista inglés John Berger, comentando la labor del cronista periodístico, opinó que “para observar la esencia de los relatos, es necesario que el cuerpo propio y verdadero del narrador se encuentre en el lugar de los hechos o en las inmediatas cercanías”. Que es uno de los atributos del trabajo de Eduardo Rossel Flores.

El escritor hizo una aseveración tan asertiva como dramática: “Lo contrario de un relato no es el silencio o la meditación, sino el olvido”. El libro de Rossel es un aporte al no/olvido.

El texto del periodista/reportero permite traer a colación reflexiones del polaco Kapuscinski cuando afirmó que “nuestra profesión necesita de nuevas fuerzas, nuevos puntos de vista, nuevas imaginaciones, porque en los últimos tiempos ha cambiado de una forma espectacular”.

Kapuscinski habló de la sensibilidad al asumir la tarea del reportero, incluso como fuente de información, de captación de elementos para lo que se escribe: “El mundo que nos rodea, en el que estamos inmersos. Colores, temperaturas, atmósferas, climas…lo que simplemente está a nuestro alrededor”.

Para ir más lejos, recordemos a periodistas de la talla de Ernest Hemingway o Truman Capote.

Modesta pero profesionalmente, Rossel hace algo más que una aproximación a este ejercicio del periodismo.

En todo esto hay un factor práctico y concreto. Que todos esos periodistas (algunos convertidos en monstruos literarios) tuvieron acceso a medios donde importaba publicar crónicas y relatos. Contaron con editores que les dieron el espacio, la oportunidad y los instaron y hasta hostigaron para que escribieran algo más que una notita como todas.

Valga la oportunidad para recordar y reconocer ese tipo de labor periodística en Orlando “Negro” Escárate, quien por cierto fue editor de Eduardo Rossel y lo instó a escribir como escribió.

Hoy en la prensa escrita chilena esa posibilidad es, cuando mucho, una excepción.

En la prensa chilena actual es prácticamente imposible que se pueda desarrollar un talento y una labor como la de Fisk, Petrich, Verbitsky y mucho menos como García Márquez o Kapuscinski.

Hoy prima -en medios tradicionales y alternativos- el formato rígido, repetitivo, uniforme, acotado, por encima de una dinámica audaz, creativa, incisiva, descriptiva, contextualizadora.

Se lee en un diario la versión escrita de las “cuñas” que se escucharon la noche anterior en los noticiarios televisivos. Es horroroso ver en algunos medios la transcripción de una conferencia de prensa, sin asomo siquiera de una mínima edición y trabajo de síntesis.

Si hoy la noticia pura llega veloz a través de las distintas herramientas de medios electrónicos e informáticos, de la radio y la televisión (incluidos canales “del cable”), asoma como más necesario y atractivo que en la prensa escrita o incluso prensa de Web se de espacio a la crónica, al relato, a la ambientación, la descripción, la contextualización.

Ese ejercicio fue un hábito en Eduardo Rossel.

Pero para eso se necesitan editores audaces y creativos, no meros administradores de páginas. Se necesitan medios que se atrevan y ofrezcan algo novedoso, atractivo y creativo a los lectores. Ahí pueden cambiar las posibilidades y las oportunidades de los periodistas/reporteros.

Hay excepciones. Pero que hacen que se cumpla la regla. Por ejemplo, llamó la atención el relato periodístico de Juan Andrés Quezada para la revista Qué Pasa, donde narró en detalle lo que ocurrió la noche de la elección municipal en La Moneda, describiendo el ambiente y la actitud de los protagonistas, contando hechos y anécdotas, describiendo lo acontecido. O las crónicas de Arnaldo Pérez Guerra sobre regiones y movimientos sociales publicadas en Punto Final. Hacen faltas más notas de ese perfil.

Es vital que los periodistas se auto/interpelen y confronten así a sus editores, directores y a los propios colegas. Con el fin último de entregar al lector relatos y palabras que logren informar y estremecer, conocer y aprender, reflexionar y entretener. De todo eso hay en el libro “¡Puta que pena, compañero…!”

 

 

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