TeleSur dio la primicia la última semana de agosto recién pasado. Comenzaron conversaciones entre personeros del gobierno colombiano y jefes guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP).

No es la primera vez que hay conversaciones o diálogo entre las autoridades y los guerrilleros.

Un grupo de periodistas, en 1992, nos desplazamos hacia el Centro Vacacional La Trinidad, en la hermosa, colonial y algo pequeña ciudad mexicana de Tlaxcala, para reportear muy de cerca el diálogo que durante unos días sostuvieron allí representantes del gobierno del entonces presidente César Gaviria y jefes de las FARC-EP, del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y del Ejército Popular de Liberación (EPL).

Unos seis o siete años más tarde, varios de esos mismos reporteros y reporteras, algunos más de cerca y otros a la distancia, tuvimos la ocasión de cubrir la información de otro proceso de conversaciones gobierno-guerrilla en Colombia, esa vez bajo la presidencia de Andrés Pastrana (un bueno amigo del actual Ministro de Defensa de Chile, Andrés Allamand) y que sólo se dio con las FARC-EP.

En Tlaxcala conocimos a los enviados oficiales, Horacio Cerpa (que luego sería un fracasado candidato a la presidencia de su país) y Álvaro Leyva. Además, conocimos a Alfonso Cano (que fue abatido hace unos meses después de convertirse en jefe de las FARC-EP en sustitución de Manual Marulanda), a Iván Márquez y a Pablo Catacumbo, de la guerrilla fariana. Por el ELN arribó Antonio García, uno de los jefes más connotados de ese movimiento.

Todas las partes llegaron con más de 20 puntos en total, que podían constituir la base de un acuerdo, de paz primero, y de medidas sociales y económicas después, que, en teoría, podrían dar con la salida política al conflicto que ya cumple más de 50 años.

Los periodistas estuvimos en La Trinidad tres días, no sólo cubriendo la información dura, haciendo entrevistas, dando cuenta de las conversaciones y explicando lo que pasaba, sino que conviviendo con esos personeros en horas libres, después de las comidas o en las noches cuando paraban las reuniones.

Cerpa era un hombre cordial, inteligente, hablaba sin tapujos con los periodistas y parecía, a los ojos de los periodistas, un político honesto y que podría sacar adelante un acuerdo o, al menos, dejar las cosas en buen pie.

Una noche tuve una larga conversación con Antonio García, el jefe del ELN, donde me relató la historia de ese movimiento, sus desavenencias con las FARC-EP, y hasta su periplo personal dentro de la guerrilla. Hablamos de fútbol y de México, país que él estaba comenzando a conocer mejor.

Con Alfonso Cano, pese a su calidad de comandante de una de las guerrillas más fuertes de América Latina, siempre tuve la sensación de estar frente a un académico o a un tradicional dirigente político de la Izquierda, pero era un hombre de armas. Después de Tlaxcala, él invitó a un grupo de periodistas a la sede de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP) en el barrio de Nuevo León en la capital mexicana y allí expuso lo que era la política fariana y dio breves entrevistas. Era un hombre inteligente y severo en la defensa de su línea política.

Ya en esos años, el gobierno de México había autorizado el funcionamiento de una oficina de las FARC-EP en la Ciudad de México y los reporteros nos familiarizamos con “el gordo” Calarcá, a cargo de esa entidad, y él también aportó información.

Si bien Horacio Cerpa fue periodísticamente muy abierto y entregó mucha información, su delegación y los funcionarios de la Embajada de Colombia fueron algo inaccesibles y era poco lo que comentaban.

Pero hubo algo en lo que concluimos muchas y muchos de los reporteros que estábamos  ahí. Que como periodistas habíamos ganado en conocer la realidad del conflicto colombiano, las posiciones que habían y formarnos una idea –equivocada o no, discrepando también- del rumbo que podrían tomar las cosas.

De hecho todo concluyó abruptamente por algo previsible en medio de una guerra como esa. El EPL secuestró en esos días a un ministro de César Gaviria, (Argelino Durán), quien tuvo un paro cardíaco, murió, y eso llevó al gobierno a suspender las conversaciones.

Años más tarde volveríamos a los contactos y el recogimiento de información cuando Pastrana abrió el diálogo, declaró la zona desmilitarizada en El Caguán y generó una alta expectativa de que podría haber acuerdo. Hubo una especie de plataforma social, económica, institucional, de defensa, campesina, que servía de base al diálogo y el eventual acuerdo. En eso sólo participaron las FARC-EP, no el ELN. Ya el EPL, al igual que el M-19 estaban desintegrados o desarticulados.

A diferencia de Tlaxcala, a El Caguán, llegaron los más altos dirigentes de ambas partes. El presidente Andrés Pastrana con su Canciller. Y los guerrilleros con sus jefes máximos: Manuel Marulanda y Raúl Reyes. Es clásica la imagen de Pastrana sentado en una mesa rudimentaria junto a Marulanda conversando largamente.

De todo aquello fueron “facilitadores” los gobiernos de México, Costa Rica, Venezuela, España, Italia, Noruega y Suecia. En varios de esos países había embajada colombiana y oficinas de las FARC-EP.

En esos años, los periodistas conocimos más de cerca a la comandante Olga Marín, que era la segunda en la Comisión de Relaciones Internacionales de la guerrilla, después de Reyes. Nos informaba de las negociaciones, de las posturas de su organización, y nos pasaba algunos datos, ya que ella mantuvo conversaciones con altos personeros de la Unión Europea, el Vaticano, gobiernos latinoamericanos, etc. Tiempo después supimos que era la hija de Marulanda y había sido la esposa de Reyes con quien tuvo una hijita.

Recuerdo cuando obtuve la información de que ella había sido una de las personas que, en representación de las FARC-EP, concurrió a San José de Costa Rica, a reunirse con Philip Chicola, director de Asuntos Andinos del Departamento de Estado de Estados Unidos. Fue un encuentro secreto del cual supimos algunos periodistas. Y daba cuenta de que el gobierno estadounidense quería tener canales de comunicación con la guerrilla. Archivos desclasificados de Seguridad Nacional de la Universidad de George Washington, mostraron que Philip Chicola había planteado “desarrollar un canal diplomático para hablar de programas antidroga, el proceso de paz colombiano y los ataques de las FARC contra intereses estadounidenses en Colombia”.

Algunos fuentes nos dijeron a reporteros que la idea era establecer un nexo y un pacto de no agresión entre Estados Unidos y las FARC-EP, claramente dando cuenta del poderío de esos guerrilleros.

La verdad es que todo al final se fue al traste. No hubo acuerdos, las diferencias eran, al parecer, abismales. Pero hubo un hecho determinante que selló la suerte de esos procesos. El atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono. La estrategia que implementó el presidente George W. Bush junto al equipo de “Los Halcones” incluyó cerrar todo canal de contacto con la guerrilla colombiana, declararla organización terrorista, presionó para que los gobiernos les cerraran las oficinas y los aislaran internacionalmente. Además, aumentó la ayuda financiera, técnica y diplomática para combatir a las FARC-EP  y al ELN. Pronto encontraría un aliado: el conservador presidente Álvaro Uribe (cercano amigo del presidente Sebastián Piñera).

Diez años después, en una casa de protocolo o alguna oficina en La Habana, se produjeron las pláticas de representantes de las FARC-EP con personeros del presidente Juan Manuel Santos. Se dice que habrá reuniones en Oslo. Cuba, Noruega y Venezuela aparecen patrocinando este nuevo diálogo y Chile surge como “acompañante”, seguramente porque a Santos le da confianza que gente de Piñera esté cerca.

Buena ocasión para reportear este proceso en las nuevas realidades. Claro que ojalá no salgan ciertos parlamentarios, agentes secretos, medios de prensa (con sus directores y editores incluidos), acusando a periodistas que cubran el evento de terroristas o de ser nexos con la guerrilla.-

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